Aparece ante la experiencia del compatriota que tenemos a un metro y medio de distancia, el misterio. Lo que sucede al otro lado de la mascarilla y los protectores faciales, lo que se encuentra detrás de las conductas esquivas, de la paranoia social, de la ansiedad, del odio desordenado; todo ello se configura como una incógnita que pareciera no encontrar cabida dentro del interés del Estado por proporcionar una salud pública coherente y completa. Se ha atendido, en medio de la pandemia, solo desde un nivel vinculado expresamente al tratamiento de los sujetos con COVID-19; mas se ha descuidado el aspecto emocional y psíquico de los peruanos, obviando la perspectiva biopsicosocial de la enfermedad. En otras palabras, de ha obrado como si el modelo biomédico no hubiese sido superado ya por una visión más compleja de la salud. Lo cual muestra no solo una ineficiencia logística en el territorio al momento de afrontar esta crisis sanitaria, sino una comprensión arcaica del ser humano.

Este menosprecio por la atención de la salud mental, no obstante, no es reciente. El papel del psicólogo peruano ha sido relegado sistemáticamente de la vida social. Es así, que en el año 2019, cuando la mayoría no sospechaba de un escenario de pandemia global (la mayoría pero no todos, teniendo en cuenta las constantes advertencias de científicos y ambientalistas sobre la caza e ingesta de animales no aptos para consumo humano); el Colegio de Psicólogos del Perú y otras instancias convocaron a una marcha para la modificación de la Ley de Salud Mental, ley que permitía la usurpación de funciones por parte de otros especialistas de la salud. ¿Psicólogos solicitando que no se los coloque entre paréntesis? Así reza una nota en La Mula (un portal con un nombre incomprensible) “Para el próximo jueves 27 de junio, está programada la marcha nacional de psicólogos, que piden ser incluidos en la recientemente promulgada Ley de Salud Mental.” (10 de junio del 2019) ¿Un diagnóstico psicológico, lo puede hacer cualquiera? Por un momento el Estado consideró que sí.

Habiendo comprendido que la salud mental parece no ser prioridad en las agendas políticas, es más fácil encontrar cómo hemos alcanzado esta ruina. Y es que este período accidentado, ha traído consigo un deterioro silencioso de la salud mental, a abril del 2021 según una encuesta de Ipsos, en nuestro país un 50% de los peruanos asegura que su salud mental ha empeorado (Gestión, 14 de abril del 2021). Esto nos ha colocado en Latinoamérica solo por debajo de Chile. Habría que agregar, que a la salud mental solo le va igual o peor que a la salud física; puesto que en el mundo somos el país número uno en excesos de muertes por COVID-19, según el Financial Times (Canal N, 7 de abril del 2021). A ello, sumamos la pésima gestión de las vacunas, un presidente y una ministra de salud inoculados clandestinamente, y una política de doble vínculo en el que por un lado se advierte del riesgo de las aglomeraciones y el contacto social por motivos recreacionales, y por otro se da lugar a un marketing agresivo para convencer a la mayor cantidad de personas de salir a consumir y reactivar la economía.

Antes de seguir avanzando, es pertinente hacer un hincapié en cómo el Estado se relaciona con los ciudadanos en términos de cuidado. Es menester profundizar en esto que aquí hemos denominado como doble vínculo, haciendo referencia a aquellas relaciones donde se establecen dos maneras contradictorias de tratar con el otro. Dadas las muestras ya mencionadas de desinterés absoluto de la política y sus instituciones por atender la salud física y psíquica de la población, ¿es acaso un mero discurso de manipulación paternalista lo que observamos en los medios de comunicación? Si bien en este último punto, nos encontramos en el campo de la especulación; no faltarían motivos para darle peso a esta tesis. Ello plantearía la figura de una relación mentalmente enferma del ciudadano con su Gobierno; relación con la pandemia se ha profundizado.

Así, surgen dos momentos clave que entran en conflicto con la impostada preocupación del Estado. El primero referido a la vacuna peruana, la cual se ha venido desarrollando de espaldas al financiamiento e incentivo estatal; ello al punto del reclamo justo de las personas que la siguen perfeccionando. ¿Por qué no invertir en la propia vacuna, y ahorrar así millones de dólares? El segundo, y quizá el que más atañe al problema de la salud mental, es el referido a las últimas elecciones presidenciales. Cuesta creer cómo en medio de una ola de casos positivos, se haya obligado a pena de multa y escarnio social por medio de la prensa, a asistir a “aglomeraciones controladas” para ejercer el voto. La cantidad de estrés causado, en personas que se habían estado cuidando perfectamente hasta ese día, no ha debido de ser nada desdeñable. Agregando además, que desde los noticieros y diarios se hizo una campaña constante para generar un cierto sentimiento de culpa en quienes prefirieron quedarse en casa, no por desconocer de política o estar al margen de la suerte del país, sino porque escogieron la salud antes que la participación en dicho evento. Priorización que es igual de válida, y también goza de buenos argumentos. Quizá toda esta exposición, este espectáculo estresante, se haya podido paliar si se realizaban unas elecciones virtuales; opción que no fue siquiera contemplada. Cabe destacar, que los psicólogos tampoco se pronunciaron sobre dicha repercusión, ni mucho menos sobre el maltrato psicológico y televisado de quienes no fueron a ejercer el voto. Probando, podría ser, que en ocasiones el psicólogo está más del lado de las instituciones que de los individuos que estas se supone representan.

Se podría sugerir que la pandemia, en términos generales, puede haber afectado la salud mental peruana al incrementar en los ciudadanos el sentimiento de haber sido abandonados y presionados por sus propias instituciones, las cuáles se han desnudado como instancias corruptas y egoístas que están más preocupadas en enriquecer a unos cuantos que en cuidar del todo. Esta sensación de abandono y de estrés, podría arrojar luces sobre la encuesta de Ipsos mencionada al inicio de este trabajo. No es una sorpresa que la mayoría de personas con condiciones mentales previamente diagnosticadas, se hayan visto en la necesidad de buscar junto al psiquiatra y el psicólogo medios alternativos para continuar con su tratamiento. Algunos se han visto arrinconados a la inminente recaída, cuestión preocupante pues el deterioro puede ser catastrófico.

Habría, desde luego, que intentar ser más precisos con aquella población que se ha visto más afectada por la crisis actual. Según el MINSA, en la versión amigable de su guía técnica para el cuidado y la atención de la salud mental en este contexto particular, “las mujeres y niñas se encuentran más expuestas a sufrir violencia ya sea física, sexual, psicológica o económica. Muchas sobrevivientes se ven obligadas a convivir con sus agresores. Esta situación genera sufrimiento, inseguridad, entre otras emociones” (2020, p. 05). Esto se agrava cuando reconocemos que en el Perú las conductas de dominación hacia la mujer sobreviven a pesar de los intentos por corregir cierta mentalidad irracional y sesgada. También, se destaca que las mujeres, dados los roles estáticos de género que campean en el territorio, se han visto recargadas de más labores domésticas, lo que incrementaría en ellas el estrés y la fatiga.

Otro grupo golpeado duramente ha sido el de los adultos mayores. Muchos “se han dejado ir” para no implicar una carga a los familiares, puesto que además, la mala gestión del Estado ha ocasionado que el tratamiento del COVID alcance un costo monetario elefantiásico. También el MINSA señala que “durante la pandemia podrían experimentar sentimientos de soledad y aumentar los cuadros de depresión” (2020, p. 8). Por ello es necesario acompañar a los adultos mayores en este proceso, y hacerlos sentir útiles y una parte crucial para las familias.

Así, además de estos grupos podríamos mencionar a los niños y adolescentes, los cuáles se han visto arrojados a un sistema educativo que hace lo mejor que puede para adaptarse a este nuevo entorno; las personas discapacitadas; las personas en extrema pobreza; y un largo etcétera.

En lo que coinciden todos estos grupos en haber sido marcados por la cuarentena y su aislamiento. La medida más efectiva contra la pandemia, junto con el distanciamiento social y el uso de las mascarillas, es el vivir replegados en el hogar. Esta forma de subsistir, ha ocasionado que las personas desarrollen depresión al estar invadidos por una soledad que en muchos casos solo pueden llenar con interacciones virtuales. Este modo de vida en cuarentena, ha maximizado problemas que ya estaban haciéndose notar en la sociedad peruana y mundial: la adicción a las redes sociales, la dismorfia provocada por los filtros de snapchat e instagram, la aceleración propia de las relaciones interpersonales líquidas, y el burnout potenciado por un horario de trabajo extendido a las 24 horas.

Esta aproximación dañina hacia la tecnología, ha carecido en el país de toda crítica inteligente. En Perú, la tecnología y sus avances, así como el uso de los dispositivos, es una necesidad desprovista además de todo pensamiento reflexivo. Un celular en casa, es visto como un síntoma de progreso, independientemente de que su uso pueda o no estar causando un desastre emocional y mental en sus usuarios. Del mismo modo, en los trabajos no se ha generado una postura fuerte de rechazo a los mails enviados de madrugada; ni en las universidades los estudiantes han criticado el uso de instrumentos de mensajería como el whatsapp, el cuál imposibilita delimitar horarios de estudio al convertir todo el día en una alerta constante de deberes y urgencias.

A modo de resumen, podemos ver que en el Perú, la pandemia ha deteriorado la salud mental de no solo un grupo en específico de la población; sino de todo el conjunto, dado que medidas como la cuarentena han sido compartidas por todo el tejido social. Del mismo modo, se ha incrementado una desazón ante el actuar desatinado del Estado, el cual solo ha sido un motivo más de estrés y desolación en los individuos.


¿Hay una manera de suavizar los efectos de la pandemia en nuestra salud mental? A un nivel personal, y tomándome la libertad de expresarme en primera persona, he de mencionar que el estudio de la psicología, puede cambiar la vida de las personas en tanto aporta una mirada más profunda de la conducta humana y de los procesos emocionales. Estudiar la carrera me ha posibilitado reconocer más eficientemente mis emociones, y poder gestionarlas adecuadamente. Ser dueño de mí mismo. Esto es fundamental cuando afrontamos la presente crisis. He notado que muchos compañeros de otras disciplinas, tienen mucha dificultad para controlar sus emociones, y que de ello derivan a problemas como la depresión o la ansiedad.

Por otro lado, me ha quedado claro, que una de las claves para la supervivencia, es sublimar el deseo. Reconducirlo a otras actividades que sean menos riesgosas y no impliquen el contacto físico con personas nuevas. Los jóvenes y adolescentes están afrontando momentos en los que su líbido los arroja unos hacia otros, sin medir las consecuencias, sin percatarse de que la amenaza del virus está latente allí donde el contacto se hace íntimo con terceros. En mi caso, a pesar de ser joven, he aplicado diversas técnicas para descargar esa energía en otras actividades, como emprender un negocio virtual o alimentar mis proyectos de escritura. A lo que va de este año, he terminado tres libros de poemas, he lanzado una galería virtual de arte, dos podcast, un catálogo editorial, estoy dictando un curso de estética junto a una academia de México, y ahora he empezado a streamear en una plataforma que de momento me resulta curiosa.

Todas estas labores parten de un afán de distraerme con lo que más me agrada hacer, al mismo tiempo que me resto estrés, y canalizo mejor mis energías. Nada de esto sería posible si no estuviese enterado de la sola posibilidad de manejar así mi estado mental, conocimiento que me ha sido proporcionado por la Psicología.

Podría afirmarse entonces, que la Psicología ha influenciado en mí de manera positiva. También me ha ayudado a ser mejor persona, haciéndome evidente defectos propios, y con ello dándome la oportunidad de trabajar en los mismos. Por ejemplo, al aprender más sobre la personalidad, he evaluado cómo a veces el uso de las redes sociales genera cierto tipo de percepciones forzadas y erradas de uno mismo, y cómo pueden ir distorsionando nuestra conducta. Si bien es cierto, continúo usando Internet y redes sociales; a partir de ahí, he tratado de vivir mi vida más desapegado de ciertas demandas que hace este modo de vida a sus usuarios, y ello me ha traído más tranquilidad. Me siento orgulloso de estar más concentrado en el mundo real que en lo que pueda o no suceder en tales simulacros.

Finalmente, considero que la disciplina me ha cambiado, sobretodo en este período, porque me ha vuelto una persona más empática. Si bien sé que es imposible sentir lo que siente otra persona con exactitud, puedo comprender a grandes rasgos sus procesos particulares. Esta comprensión del otro ha hecho que tenga cada vez menos prejuicios, y que siempre esté dispuesto a ver a los demás sin caer en simplismos.

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José Natsuhara